lunes, 7 de mayo de 2018

Willy Ronis / Cronista de la vida parisiense

Willy Ronis

WILLY RONIS  CRONISTA
 DE LA VIDA PARISIENSE
(1910 - 2009)

Willy Ronis (París, Francia, el 14 de agosto de 1910 - París, 12 de septiembre de 2009​) fue un fotógrafo francés quien retrató en vida la post-guerra en París y Provenza.

INFANCIA
El padre de Ronis fue un refugiado judío en Odesa, que abrió un estudio de fotografía en Montmartre y su madre era una refugiada de Lituania que impartía clases de piano. La primera inquietud de Ronis se encaminó hacia la música, soñando con ser compositor. Volviendo del servicio militar en 1932, sus clases de violín tuvieron que pararse porque su padre padecía un cáncer que hizo que Ronis tuviera que hacerse cargo del negocio familiar.

CARRERA
Los trabajos de los fotógrafos, Alfred Stieglitz y Ansel Adams inspiraron a Ronis para empezar a explorar el mundo de la fotografía. Cuando su padre murió, en 1949, Ronis cerró el estudio y se unió a la agencia Rapho, con Ergy LandauBrassaï, y Robert Doisneau con el que participaba en el Grupo fotográfico Les XV.

Ronis se convirtió en el primer fotógrafo francés en trabajar para la revista LIFE. En 1953Edward Steichen incluyó a Ronis, Henri Cartier-Bresson, Doisneau, Izis, y Brassaï en una exposición en el Museo de Arte Moderno, el MoMA titulada Five French Photographers (Cinco fotógrafos franceses). En 1955, Ronis fue incluido en la exposición The Family of Man (La Familia de los Hombres). La Bienal de Venecia premió a Ronis con la medalla de oro en 1957. Ronis comenzó a enseñar en los 50, y llegó a dar lecciones en la Escuela de Bellas Artes de AvignonAix-en-Provence y Saint Charles, Marsella. En 1979 Ronis fue galardonado con el Gran Premio de las Artes y las Letras en Fotografía por el Ministro de Cultura.

La esposa de Ronis, Anne Marie fue la modelo de su famosa foto de 1949Desnudo Provenzal. La foto, mostrando a Anne Marie lavándose en un lavabo con una jarra en el suelo y una ventana abierta desde la que el espectador puede ver el jardín, denota su habilidad para transportarnos las sensaciones de la vida provenzal. Más tarde, Ronis fotografiaría a Anne Marie sufriendo el mal de Alzheimer, sentada sola en una sala del hospital. Anne Marie murió en 1991.

Ronis vivió y trabajó en París donde falleció el 12 de septiembre de 2009 a los 99 años de edad.​ Aunque dejó la fotografía en 2001, cuando comenzó a necesitar un bastón para moverse, lo que le dificultó desplazarse con la cámara, terminó su vida redactando libros para la compañía de publicidad Taschen.



Foto de Willy Ronis



“Jamás he buscado lo insólito, lo nunca visto, lo extraordinario, sino más bien lo más típico de nuestra vida cotidiana.”
Willy Ronis

Desnudo provenzal
Willy Ronis


Una antológica presenta en España el humanismo gráfico del fotógrafo francés Willy Ronis

Mikel Muez
Pamplona, 23 de octu

El Ayuntamiento de Pamplona acaba de presentar la primera exposición retrospectiva que se puede ver en España del fotógrafo francés Willy Ronis (París, 1910). La muestra, que viajará seguidamente hasta Berlín, reúne hasta el próximo 21 de noviembre un total de 63 de las mejores fotografías realizadas por el artista del país vecino en su dilatada y premiada carrera profesional, agrupadas bajo el epígrafe Sur le fil du hasard (En el filo del azar), el mismo título del libro de Ronis que obtuvo en el año 1981 el premio Nadar en su país natal.

Un azar buscado

Willy Ronis, perteneciente al grupo de los creadores humanistas franceses y fundador de la agencia Rapho, es uno de los más claros ejemplos de la estirpe de fotógrafos de posguerra europea que dio al mundo nombres como Robert Doisneau, Henri Cartier-Bresson, Boubat, Izis o Kértèsz."Lo cotidiano es lo verdaderamente extraordinario y las fotografías de Ronis nos enseñan que la vida era entonces más humana", afirmó durante la presentación de la muestra la comisaria de la misma, Lola Garrido, poseedora de una de las mejores colecciones privadas de fotografía de España y una de las mayores expertas del país en la materia.
Lola Garrido situó al autor dentro de su contexto. "Willy Ronis fue cofundador del grupo XV, una expresión de amor a la vida surgido tras la Gran Guerra europea que ofreció una generación de artistas que, tras vivir de cerca lo terrible, amaron la belleza de la sencillez, de la cotidianeidad", señaló la comisaria.
Si Henri Cartier-Bresson atrapaba con su cámara "el instante decisivo", Ronis recogía en su trabajo un azar buscado previamente. Las imágenes que se pueden ver en la muestra de Pamplona (Zapatería, 40) hasta el próximo 21 de noviembre se centran en los treinta años que transcurren entre 1930 y 1960. Ante el espectador desfilan detalles callejeros, desnudos femeninos, retratos sociales de una extrema intensidad, paisajes humanos marcados por la soledad, el dolor, el anhelo y el amor. Todos ellos van marcando los mojones del periplo de Ronis por los sentimientos humanos más básicos."El trabajo de Willy Ronis nos demuestra que convivir es más difícil que vivir", apuntó Garrido, al destacar que el objetivo de su cámara "situada siempre a la altura del corazón", eran los hombres y sus gestos, recogidos bajo el prisma de la solidaridad. Precisamente eso, la solidaridad, definió algunas de las más brillantes fotografías del autor francés, en las que exhibe con tanta crudeza como ternura el dolor de los obreros en paro, de la muerte cercana, de la soledad.
"No hay artista sin compromiso", añadió Lola Garrido al explicar el devenir de un humanismo como el francés, profundo conocedor de la pintura, del diseño, esperanzado ante la vida, vinculado al realismo poético del cine de la época en el país vecino e incluso divertido, frente el coetáneo humanismo estadounidense, preocupado mucho más por la gran depresión económica que siguió al crack de la Bolsa de 1929 y mucho más duro en sus resultados gráficos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de octubre de 2000
Foto de Willy Ronis

Un toque humanista

JOSU BILBAO FULLAONDO
12 de noviembre de 2000

Después de la Segunda Guerra Mundial, la fotografía vivió en Europa una gran primavera de humanismo con raíces en los años treinta. La crisis había sido larga y dolorosa. Las clases más humildes, como siempre, fueron las más afectadas. Gran número de intelectuales y artistas apoyaron la defensa de una sociedad más justa. Y los fotógrafos se ocuparon de ofrecer testimonio de los más desprotegidos. Defienden y creen en la dignidad de la persona. Recuperan con ternura la estela más cotidiana que el genero humano va dejando tras él. Con ellos madura el "realismo poético". En esta lírica de compromiso solidario, la lista de autores es gloriosa y en las primeras filas está Willy Ronis (París, 1910). Sus fotografías Sur le fil du hasard (Al filo del azar) se ven estos días en la Sala Zapatería de Pamplona. Así, los animadores culturales del Ayuntamiento han querido unirse al homenaje de su noventa aniversario.Ronis aprende el oficio en el taller de fotografía propiedad de su padre. La influencia de su madre, profesora de piano, le inculcó el amor por la música. Así se puede explicar la armonía y delicados matices de sus tomas. Debuta en la revista Regards. Sus primeras fotos las hizo en París y los Alpes; algunas de ellas sirvieron como soporte publicitario en los ferrocarriles franceses. El inicio de la guerra le lleva a zona de la Francia liberada e interrumpe su actividad fotográfica hasta 1945. De vuelta a París se incorpora en el grupo de los XV, con Doisneau, Boubat, Izis, Sougez o Garban, para realzar la fotografía de su país concebida como arte, abierta a terrenos tan distintos como el reportaje, la publicidad, la industria, la moda o sencillamente la ilustración.
Con estas premisas y desde la agencia Rapho realiza diversos trabajos para las grandes revistas del momento. Es uno de los primeros fotógrafos franceses en trabajar para Life, con la que rompe su relación por diferencias ideológicas; no le dejaban titular ni poner pie a sus fotos. Con sus cámaras recorre Grecia además de Albania, Yugoslavia y otros países del bloque socialista.
Desdeña la idea de una fotografía especializada. Su actividad se extiende a todos los dominios. En el año 1968, se incorpora como docente en la Escuela de Bellas Artes de Avignon. Sus álbumes más preciados son Belleville-Menilmontant,realizado durante siete años en el distrito XX de la capital francesa, y la recopilación, con carácter de antología, Sur le fil du hasard, que mereció el premio Nadar en el año 1981. Los aplausos traen homenajes. Sigue haciendo fotografías que se exhiben en las salas más prestigiosas de Europa, Estados Unidos y Japón.
Ahora sus fotos han llegado a Pamplona; tienen como sujeto principal al hombre. Es el motivo de inspiración principal. En planos abiertos o cerrados, picados o contrapicados, presenta un mundo repleto de autenticidad. Son momentos de una naturalidad absoluta, extraídos de la rutina cotidiana, de los que nos hacemos cómplices sin darnos cuenta porque forman parte de nuestra vida. Así descubrimos la ternura y la pasión, la sonrisa y el enfado.
Se desvela, concisa, la dignidad humana con su imparable fecundidad. En definitiva, se exaltan los sentimientos humanos con la ayuda de unas luces capaces de realzar las situaciones más banales. El abrazo de la monja al soldado prisionero que vuelve a casa, la arenga de una mujer en la empresa Citroën llamando a la huelga, el contraluz de los muelles de Venecia o el desnudo provenzal donde una mujer se asea recortada por una intensa luz lateral que penetra por una ventana son ejemplos para palpitar el corazón. Muestra suficiente de alguien irrepetible en el arte de las luces y las sombras.
Willy Ronis es, sin duda alguna, uno de los valores más representativos de lo que se ha llamado la fotografía humanista. Ha prolongado su idea de la solidaridad hasta la fotografía. Con mensajes claros y concisos sigue siendo capaz de ilustrar un acontecimiento con una sola imagen y, además, aportar matices de su generoso mundo interior y de sus convicciones políticas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de noviembre de 2000

Foto de Willy Ronis

Una vida tras la cámara



BELEN GINART

26 MAR 2001

Willy Ronis (París, 1910) soñaba con seguir los pasos de su madre y despuntar en el mundo de la música. Pero el destino le había deparado otra ruta en el campo del arte y acabó brillando en la misma actividad de su padre, la fotografía, una actividad que en su país le ha valido varios nombramientos, entre ellos el de comendador de las Artes y de las Letras y caballero de la Legión de Honor.


Desde que en 1916, con sólo seis años, consiguió su primera cámara, se ha dedicado a plasmar la vida cotidiana en imágenes. Hasta el próximo 18 de mayo, en la FNAC El Triangle se exponen una cuarentena de los mejores trabajos, en blanco y negro, de este profesional curtido, al lado de figuras notables de la fotografía como son Henry Cartier-Bresson y Robert Doisneau.

Hijo de emigrantes judíos, Willy Ronis se ganó pronto el prestigio como reportero y fue el primer francés que trabajó para la revista Life. Su mirada atenta le convirtió en brillante notario del día a día de su París natal, de sus calles, de sus gentes y de sus comercios, del patrimonio, pero también de los movimientos sociales, sin dejar de lado incursiones en el mundo de la publicidad.

En la exposición de la FNAC El Triangle (organizada con motivo de su 90º aniversario y presentada por primera vez en la FNAC Montparnasse el pasado año) se reúnen algunas de sus fotografías más famosas, como Desnudo provenzal y la que muestra, en plena calle, a los pingüinos de un circo, con otras menos conocidas, unidas todas ellas por un tono intimista.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de marzo de 2001



Foto de Willy Ronis


Willy Ronis retrata 

el París más humano

Primera retrospectiva del fotógrafo en España


FERNANDO SAMANIEGO
Madrid 1 MAY 2006

"La fotografía es la mirada. O se tiene, o no se tiene". La frase de Willy Ronis figura en la sala de exposiciones de la Fundación La Caixa, de Madrid (Serrano, 60, www.lacaixa.es, hasta el 23 de julio), donde se han reunido 130 imágenes, en la primera retrospectiva en España del fotógrafo francés. A los 95 años, en su casa de París, ha controlado la selección de su obra y su presentación, incluido el tipo de marco.


Uno de los nombres de la fotografía humanista, junto con Henri Cartier-Bresson y Robert Doisneau, con la muestra, que después viajará a Lleida, Murcia y Tenerife, recorre temas del mundo laboral, el hombre y la máquina, la ciudad popular, la intimidad, viajes y desnudos.

Marta Gili, responsable de fotografía y artes visuales de la Fundación La Caixa y comisaria de la muestra, ha revisado en el estudio de Willy Ronis un millar de negativos para sacar copias modernas y presentar a una de las figuras de la fotografía del siglo XX. Ronis ha dejado de ser un desconocido tras la reciente exposición en el Ayuntamiento de París, que incluía un vídeo de Virginie Chardin y Vladímir Vasak, que ahora se pasa en Madrid, donde Ronis cuenta su biografía a través de sus fotos.

El fotógrafo más humanista, en una corriente que surge después de la Segunda Guerra Mundial y llega hasta los sesenta, aparece en el comienzo del montaje, con las fotos de París y sus gentes de los barrios populares. Ronis comenta en el documental que le interesaba "la realidad de los parisinos, ser testigo de la alegría de su libertad", y prefiere retratar a "gente normal y corriente". No explica si estas intenciones significaban la "fotografía humanista" que identificaba a los colaboradores de la revista Regards, vinculada al Partido Comunista Francés.

La comisaria señala en estas fotos de los años cuarenta y cincuenta "el ánimo a favor de la esperanza en el ser humano, los gestos de la vida cotidiana", que en Ronis es más militante frente a otros colegas con "una idea idílica de lo social", como se refleja también en los textos que acompañan sus imágenes, ya que cree que "las fotos sin palabras pueden ser manipuladas". "En estas obras de gente en la calle, niños jugando o bares, juega con la luz y ve la realidad a través de varios velos o capas, una realidad fragmentada más intuida", dice Marta Gili.

Willy Ronis cuenta en el vídeo que la gente le inspira simpatía y con las personas construye sus propias historias. Aunque confiesa que es sensible a los dramas de la vida, tiende a "olvidar los aspectos negativos". En otro espacio de la sala se han reunido sus primeros reportajes sociales de los años treinta, de huelgas en fábricas y reivindicaciones laborales, con algunas piezas explicadas por el autor, como la arenga de una sindicalista en la huelga de Citroën en 1938, que no pudo entregar en el reportaje para Regards y la positivó en 1980 en un repaso de sus negativos.

El montaje incluye sus fotos más íntimas y familiares, la vida cotidiana con su mujer y su hijo, y las realizadas durante los viajes por Holanda, Londres, Venecia, Praga o Leningrado, que incluye tres vistas de barrios de Barcelona, realizadas en 1993, y una vista de la playa de Gandía dos años antes, que se presenta en copia original de su archivo. Otro espacio recoge sus desnudos femeninos de distintas épocas, hasta sus últimos trabajos, que incluye el Desnudo provenzal,de 1949, de la esposa del fotógrafo tras levantarse de la siesta, según le contó a Marta Gili. Otra imagen conocida es "el beso" de "los enamorados de la Bastilla", en un invierno de 1957, una pareja que fue identifica en 1988.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de mayo de 2006


Foto de Willy Ronis

Humana poesía

Alberto Martin
10 de junio de 2006

La obra de Willy Ronis, representante de la fotografía humanista, se mueve entre los principios estéticos del realismo poético y un marcado compromiso ideológico.

Willy Ronis (París, 1910) cuenta que, en su caso, la fotografía es el resultado de un accidente y no de una vocación. Menos conocido y difundido que otros coetáneos suyos, como Cartier-Bresson o Robert Doisneau, encarna, como ellos, el prototipo de fotógrafo humanista que busca registrar fragmentos de vida que se vuelca sobrelo cotidiano con el ánimo de capturar aquello que define y evoca la existencia del hombre,sin artificios. Pero a esta característica forma de afrontar el hecho fotográfico, común a una amplia generación de fotógrafos de la posguerra europea, hay que añadir en Willy Ronis algunos elementos que singularizan su trayectoria. El primero de ellos es un compromiso ideológico de izquierdas que le lleva a prestar una atención especial hacia los trabajadores, las clases desfavorecidas y los barrios populares de París. Y en ese aspecto es donde se encuentra uno de los aciertos de esta retrospectiva. La comisaria de la muestra, Marta Gili, ha seleccionado un buen número de obras, muchas de ellas poco o nada difundidas. No es la masa trabajadora o el proceso industrial lo que le interesa sino la dignidad del hombre y la belleza del producto que genera con su esfuerzo. Ronis declara que busca realizar, ante todo, imágenes que conmuevan, capacidad para conmover que se desprende de su evidente compromiso.Si hay una imagen que pueda al mismo tiempo resumir ese principio, y su acercamiento a la figura del trabajador, es el retrato del Minero con silicosis, una de las tomas más rotundas de esta muestra.
Como otros fotógrafos de su época Ronis es ante todo un fotógrafo "paseante", para quien la ciudad es el terreno privilegiado donde desarrollar esa representación poética de la felicidad cotidiana y modesta que caracteriza su trabajo. En sus fotos no hay que buscar la anécdota, el engaño visual o la situación paradójica.Su método de trabajo no es el disparo rápido, sino "el desarrollo previsible" de los acontecimientos que deja surgir una atmósfera poética. Basándose en los cinco principios que él mismo enuncia: paciencia, reflexión, azar, forma y tiempo, consigue equilibrar la inmediatez de la instantánea con cuidadas y rigurosas composiciones. Así es como llega a construir momentos de enorme intimidad como en la colada en la cubierta de un barco (La colada sobre la barcaza), el juego infantil debajo de unas escaleras (Chicos de Belleville) o en el interior de una barcaza (Desde el puente de Arcole), el grupo de amigos en un café (Café de la Rue Mouffetard) o los bañistas en un pequeño puente sobre el río (En el Marne). Willy Ronis es un fotógrafo de atmósferas tranquilas y amables, que sabe esperar, y que también sabe que la "casa del hombre" se encuentra allí donde está su felicidad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de junio de 2006
Foto de Willy Ronis

Willy Ronis, fotógrafo del París de la calle

MOKHTAR ATITAR
Twitter13 SEP 2009

Willy Ronis, exponente de la fotografía de la segunda posguerra mundial, ha fallecido este sábado a la edad de 99 años. Hijo de un refugiado ucranio judío y una profesora de piano lituana, el joven Willy Ronis estuvo en contacto con la fotografía toda su vida, ya que su padre tenía un estudio en el barrio parisino de Montmartre. Sin embargo tiró de él la profesión materna, y durante su adolescencia jugó más con la música que con la fotografía. Pese a todo se tiene constancia de que su primera fotografía la firma a los 16 años.


No fue hasta 1932, una vez cumplido con el servicio militar, cuando entra de lleno en la fotografía. El cáncer que padeció su padre obligó a Ronis a hacerse cargo del estudio. El joven fotógrafo no aguanta entre las paredes del estudio, y decide salir a retratar el exterior, primero deportes de invierno, para más tarde retratar la vida urbana de París.

Es la capital francesa en ese tiempo cuna de fotógrafos apegados a lo humano. Coincide y comparte experiencia con otros grandes como Doisneau, Cartier-Bresson o Robert Capa. Los objetivos de las cámaras se fijan por aquel entonces en la agitación social que vive Francia durante la década de los treinta. A partir de 1936, año en el que vence la izquierda francesa agrupada en el Frente Popular, Ronis empieza a publicar en la revista Regards una serie de trabajos sobre los movimientos sociales, entre ellos las huelgas de obreros en Citröen.

La Segunda Guerra Mundial hace que Ronis cuelgue las cámaras. Por su origen judío, huye del París ocupado por los nazis y se instala en la Francia de Vichy. Trabaja en las taquillas de un teatro, como ayudante de decorados en el cine, o como pintor de bisutería, oficio en el que conoce a su futura Marie-Anne, a la que retrata y convierte en su principal modelo, en obras como El desnudo provenzal.

El fin de la contienda hace que Willy Ronis retome la fotografía. Y lo hace a lo grande y con otros grandes: en 1946 entra a formar parte de la agencia Rapho, junto a Doisneau y Brassaï. El humanismo que impregna su estilo es ya indiscutible. Ronis retrata la vida cotidiana, como por ejemplo al Pequeño parisino, un niño que corre llevando debajo del hombro una baguette más grande que él. "La aventura no solo se mide en kilómetros", dirá sobre su fotografía. "Las fuertes emociones no se encuentran solo en Partenón. Emoción, si eres digno de ella, será sentida detrás de la sonrisa de un niño que vuelve a casa con los libros del colegio, un tulipán en un jarrón tocado por un rayo del sol, o el rostro de una mujer enamorada".

Sus retratados son eso: niños que corren por los barrios populares de la capital, que se esconden para jugar debajo de unas escaleras, el beso de una pareja de enamorados, y como escenario siempre París. "En los diferentes géneros en los que he trabajado", decía en una entrevista en mayo pasado a Mediapart, "no me gustaba mucho el retrato [posado]. Me gustaba mucho más el movimiento, la gente en la calle, los hechos, las cosas que se mueven". En esa misma entrevista confesaba que durante toda su vida solo trabajó con tres cámaras. "Es el fotógrafo quien hace la fotografía, no la cámara", sentenciaba.

La década de los cincuenta es para Willy Ronis su época dorada, convirtiéndose en el primer fotógrafo francés en firmar en la revista LIFE. Edward Steichen (por aquel entonces director de fotografía del MOMA de Nueva York) lo incluye junto a Izis, Cartier-Bresson, Brassaï y Doisneau, en la exposición Cinco fotógrafos franceses, y poco después en Family Man (1955), la gran muestra que recoge el trabajo de 273 fotógrafos con el ser humano como centro exclusivo de las obras.

En los años 60 las fotografías que imperan en la prensa son las instantáneas impactantes, "y a mi", confesará tiempo después, "la fotografía de impacto, no me interesa". El "fotógrafo parisino", como él mismo se definía, se dedicará desde entonces a la fotografía de publicidad, de moda y a los desnudos así como a dar clase del oficio, dejando un tanto de lado ese estilo que compartió con Robert Doisneau (captar el instante de la vida cotidiana y convertirlo en una obra de arte). También célebres son sus autoretratos. Uno de ellos (Nirvana), lo tomará bien entrados los 80 años mientras salta en paracaídas.

Legión de honor de la República Francesa (máxima condecoración de su país), Willy Ronis también fue premiado con el Gran Premio de las Artes y de las Letras de Francia en 1970. En 1983 dona toda su obra al estado francés, pero no es hasta 2001 (¡a los 91 años!) cuando decide colgar definitivamente sus cámaras, con un desnudo como última fotografía firmada por él. El pasado mes de julio acudió al encuentro de fotografía de Arles, compartiendo con el público experiencias de toda una vida dedicada a la fotografía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de septiembre de 2009









martes, 17 de abril de 2018

Joy Laville / La dama que pintaba sueños

Joy Laville


JOY LAVILLE 
(1923 - 2018)

Helene Joy Laville Perren (Ryde, Inglaterra; 8 de septiembre de 1923​-Cuernavaca, Morelos; 13 de abril de 2018) fue una pintora y escultora inglesa nacionalizada mexicana. Se especializó en esculturas de bronce, serigrafía, óleo, pintura acrílica y grabados de aguafuerte.

Su infancia la pasó en la isla de Wight, en el canal de la Mancha, Inglaterra, lo cual se ve reflejado en su arte gracias a su paleta de colores y a la referencia frecuente al mar. Desde chica demostró interés por el arte y la pintura, pero interrumpió sus estudios debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial.3​ A los 21 años contrajo matrimonio con Kenneth Rowe, un artillero de la Fuerza Aérea Canadiense, con quien se fue a vivir a Canadá por nueve años y con quien tuvo a su hijo Trevor Rowe.​ Ella afirmaba que este matrimonio fue su manera de abandonar Inglaterra, que aún se recuperaba de la guerra.
Tras vivir en Canadá durante nueve años, en 1956 se trasladó a México junto con su hijo, quien entonces tenía cinco años.​ Se estableció en San Miguel de AllendeGuanajuato y ahí su amiga Carmen Mancip y su esposo James Hawkins fundaron la librería 'El colibrí' en 1959, en la cual se solían reunir algunos intelectuales y en la que Laville trabajaba. Hasta esa librería llegó Jorge Ibargüengoitia a buscar unos libros para dar un curso en la Universidad Americana y allí se conocieron.
Después de algún tiempo de vivir en pareja, se casaron en 1973 y vivieron en lugares como Inglaterra, Grecia y España.​ Tras casi veinte años juntos, Ibargüengoitia murió en un accidente aéreo cerca de Madrid, España en 1983. En ese momento residían en París y Laville decidió regresar a México, estableciéndose en Juitepec, cerca de CuernavacaMorelos, donde habitó hasta el día de su muerte.​ Obtuvo la nacionalidad mexicana en 1986.

Joy Laville

TRAYECTORIA

Joy Laville no contó con una preparación artística formal, sólo con diversos cursos, entre el que se encuentra el del Instituto Allende en San Miguel de Allende, Guanajuato;​ lugar donde en un principio laboró como secretaria para pagar sus estudios. En su pintura ella afirmaba que su primera influencia fue James Pinto y el suizo nacionalizado mexicano Roger von Gunten, con quien también compartió durante su estancia en este pueblo guanajuatense.

Realizó las ilustraciones para las portadas de los libros de Jorge Ibargüengoitia.​ Realizó exposiciones individuales en Nueva York, Dallas, Washington D.C., Toronto, París, Barcelona y Londres.

Junto con Rufino Tamayo, José Luis Cuevas, Pedro Coronel y Francisco Toledo se le considera parte del grupo llamado la Generación de la Ruptura, aunque ella no se identificaba como tal.​ Algunas de sus obras se encuentran en el Museo de Arte de Dallas, National Museum of Women in the Arts en Washington D.C., en la Esso Oil de Canadá, en el Banco Nacional de México, en el Banco Nacional de Comercio, en el Museo de Arte Moderno, en el Museo José Luis Cuevas y en el Museo del Arzobispado de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.​

Una de sus últimas exposiciones, de nombre homónimo, se llevó a cabo en el Centro Cultural Jardín Borda en el año 2017. En ella mostró 130 obras, entre pinturas, grabado, cerámica y escultura.

​PREMIOS

Premio de Adquisición por el Palacio de Bellas Artes otorgado por Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en 1966.
Medalla Bellas Artes en reconocimiento a su trayectoria artística, por el INBA en 2012.
Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes por la Secretaría de Eduación Pública en 2012.



PINTORA EN SU ISLA


Felicidades a Joy Laville, pintora anglo mexicana, Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012 (Bellas artes). Su esposo Jorge Ibargüengoitia, en algún lugar, sonríe.

Enrique Krauze
28 noviembre 2012

Look, stranger, at this island now
The leaping light for your delight discovers,
Stand stable here
And silent be,
That through the channels of the ear
May wander like a river
The swaying sound of the sea.

W. H. Auden: On this Island


Una niña hace castillos de arena en la playa de su lugar natal, la Isla de Wright, situada al sur de la isla madre: Inglaterra. Lleva puesto un sombrero de tela floreada, inmenso y algo cómico, y sonríe feliz ante la cámara. Al fondo se extiende la playa inmensa recortada por un mar de metal. Las  personas son detalles aislados, lejanos, inmóviles: cactus en el desierto. El horizonte es una  superficie de colores yuxtapuestos, perfiles suaves, mantos de cielo y arena que terminan o empiezan en el mar. Cualquier punto es el centro de una esfera de luz y claridad. El paisaje se escapa por los cuatro costados. Desde el piso superior de la hermosa residencia de su madre en Southsea, la niña revive la imagen de un famoso pintor de Wright:
From a window he could watch the voice of the long sea-wave as it swelled now and then in the dim-gray dawn.
Los paisajes que conocería después tendrían que homologarse a aquel paisaje original. Siempre prefirió el verde que se despliega libremente en las colinas, a los verdes presos en los cuidadosos jardines de la campiña.
Su infancia y juventud habían sido tan solares como su nombre: Joy. Al finalizar la guerra, casada con un oficial de la Fuerza Aérea Canadiense, se mudó a British Columbia. Por un tiempo desapareció el “joy” natural de Joy y, con él, el gusto por el paisaje. Necesitaba recobrarlo, pero no quiso volver a Inglaterra. Se enteró de México como es bueno enterarse: por la literatura y la leyenda, no por las oficinas de turismo. Había leído la jornada infernal de Malcolm Lowry por el paraíso de Cuernavaca (“¿Le gusta ese jardín, que es suyo? No deje que sus hijos lo destruyan”). Sabía también, gracias a la Marquesa Calderón de la Barca, que para el mexicano la cortesía puede ser una liturgia. Como Lawrence, como tantos otros artistas europeos, sintió el imán de México y se dejó atraer. A los 33 años se mudó con su hijo a San Miguel Allende.
Había visitado  varios países, pero México le parecía “el más bello que había conocido”. Joy definía nuestro paisaje con una palabra intraducible: “lush”. Era un paisaje suculento, jugoso, fresco. Un paisaje frutal. Frente a él, Joy recuperó su ventana múltiple y la enriqueció con vistas sorprendentes al desierto y la selva, a valles y montañas, pero sobre todo a los mares y las playas. México no era una isla sino muchas, un país-península que había que recorrer lentamente y pintar por un proceso no de copiado sino de impregnación.
“Los cuadros de Joy –escribió un admirador- no son simbólicos, ni alegóricos, ni realistas. Son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representan no es angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo de una artista que esta en buenas relaciones con la naturaleza”. Este admirador –Jorge Ibargüengoitia- era también alegre, ligeramente melancólico, un poco cómico y quizá hasta sensual. “Su humor –recuerda Joy- era espontáneo, todo en él era así”. Lo más natural es que entablaran buenas relaciones entre sí y se casaran. “Una de las cosas que faltaron en nuestro matrimonio –escribiría Ibargüengoitia- fue el elemento sorpresa. Nunca, ni por un momento, me he dicho: ¿quién hubiera dicho que esta mujer fuera con el tiempo a convertirse en mis esposa?”.
Con Jorge, Joy recorrió y retuvo las costas de México. En la serie de cuadros con paisajes de las costas de Jalisco, Jorge encontraría lo que no había sido “más que un borrón azul y verde: el mar lechoso de las mañanas, el azul intenso del mediodía, las formas de las palmeras, el color de las diferentes tierras, la apariencia de las lagunas interiores, los cerros negruzcos en el amanecer”. Luego, ya en la ciudad, siguió una época en que todas las mañanas,  al despertar, Jorge vio “una costa lejana, un mar tranquilo, el lecho seco de un río, dunas, unas palmeras”. La quieta atmosfera de la Isla de Wright se había impregnado de temas mexicanos. Como en un viaje hacia el centro de sí misma, Joy comenzaba imprimiendo colores fuertes a sus telas pero la violencia mexicana cedía poco a poco a la serenidad del fondo. Los tonos se diluyen y rebajan hasta que son menos fuertes, hasta lograr su objeto final: una armonía.
An isle under Ionian skies Beautiful as a wreck of Paradise
En los años sesenta, durante los cuatro meses que vivieron en Hydra, Joy y Jorge confirmaron el verso de Shelley. La casa era una isla: veía al mar, al valle, al pueblo y las montañas que dibujaban un perfil sinuoso “como cresta de dinosaurio”. Jorge se divertía utilizando los binoculares –hasta que encontró a un hombre que lo veía con binoculares. Joy pasaba horas en la veranda que miraba al valle. Por la ventana abierta en uno de los cuartos entraba la luz  e imponía suave, dulcemente un orden a las cosas. Luego, por la misma ventana, se escapaba y disolvía en espacios remotos, inalcanzables. En un cuadro que recuerdas esos días –los cuadros de Joy, como los sueños, no parten de apuntes sino de recuerdos- en una figura reposa en un interior. Los objetos descansan con ella, son parte orgánica del paisaje: valles en una sala, sillas que se tienden a meditar, floreros plantados como palmeras en un rincón. En sus telas las figuras humanas aparecen casi siempre desnudas, en “buenas relaciones con la naturaleza”: reclinadas, sentadas, caminando. A veces leen o nadan, duermen o contemplan el paisaje del que también forman parte. Nos invitan a acercarnos a la ventana, a compartir la quietud. A veces solo están y esperan.
Llegaría el momento en que Joy se pintaría a sí misma esperando a Jorge. Su falda es azul como el cielo en que cruza un pájaro gris con ala blanca como el color del gato que descansa en su regazo. No regresaría. Impregnada de lo esencial en Jorge –su corpachón contrastando con su cabeza, su sonrisa melancólica, el cocodrilo Lacoste en sus camisas, su figura ligeramente encorvada, su ritmo pausado, lento, su gusto por caminar, por contemplar-, Joy lo evocó mil veces hasta depositarlo en una pequeña barca en el río. los colores risueños no han cambiado. En este costado del río hay dos árboles unidos. El hombre está por llegar a la rivera opuesta. Ha dejado la zona más oscura y violenta del río. La cortina de bruma lo protege y le ayuda. Esta solo, pero lo espera una comitiva de palmeras y una playa del color de su mujer: “Vivo hace años con una mujer lila”.
Aunque Jorge “llevaba el sol adentro”, no se llevó el sol consigo. Joy siguió pintando y sonriendo. Es suave y dulce como una mujer frutal. Desde hace años vive bajo el volván, en Cuernavaca, pero en sus sueños y en los cuadros que los recogen, no hay barrancas ni bocas infernales ni siquiera un deteriorado jardín a punto de que los niños lo destruyan. Hay una extraordinaria paz de alma. Es la isla de sol que lleva adentro.

Semanario del Novedades, 8 septiembre 1988

LETRAS LIBRES



La dama pinta sueños

LA DAMA PINTA SUEÑOS

Jorge F. Hernández
04 noviembre 2015





Como quien mira a la Tierra desde muy lejos, predomina el azul en todos sus tonos. Los ocres se diluyen como si fueran conversaciones que es mejor guardar en el olvido y, de pronto, una efervescencia de diferentes verdes te recuerdan que también somos árboles. Se van diluyendo las formas como una sutil confirmación de la melancolía, no exenta de nostalgia, que se esconde en las biografías de todos los personajes que parecen moverse con solo mirarlos. Son sueños. Sueños compartidos que uno desconocía haber proyectado en un lienzo y que llegaron hasta allí por obra y gracia de una maga que –al revelar todos los días los trazos más íntimos de su alma– ha logrado conjugarse con quien se atreve a mirar sus cuadros. La dama pinta sueños.

H. Joy Laville empezó a pintar ya siendo madre de un niño de cinco años y habiendo dejado toda una biografía en los bosques más profundos de Canadá. Llegó a México por pura agua del azar y queda en secreto la tarde anónima en la que descendió de un tren en la estación de San Miguel de Allende, tres escalones a la nada. Pocos días después la rara mujer inglesa que jamás ha tenido que preocuparse por hablar en español o en inglés ya tomaba cursos de pintura en talleres del pueblo y se ofrecía como chelista para un quinteto de cuerdas que de vez en cuando se quedaba en cuarteto.

La vida se fue desenrollando con trazos al óleo y ese material acrílico que es invento de México, con los horarios de las escuelas de su hijo Trevor y con el día en que cambió el mundo para siempre: el día en que vio cruzar la plaza de San Miguel de Allende a un hombre que firmaba sus párrafos como Jorge Ibargüengoitia. Todo eso es preámbulo para una biografía compartida que merece redactarse con el mismo sosiego con el que Joy toma su aperitivo de tequilas todos los días, a la misma hora, pero sirve aquí como telón para intentar celebrar su más reciente antología visual.

Sucede que a Joy Laville no le gustan del todo las exposiciones o, por lo menos, en tiempos recientes reniega de esos escaparates públicos donde sus cuadros corren el riesgo de ser grafiteados por niños traviesos o del todo incomprendidos por damas sofisticadas que se creen sabihondas. No le gustan del todo, pero llegados los días de estreno parece la niña que jamás ha dejado de sacarle punta a sus lápices de colores, la niña que se volvió mujer con el uniforme azul de la Royal Air Force que portó durante la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra y todas las calles de su infancia en Isla de Wight, allí donde muchos hombres siguen soñando con el mar y donde no se necesita mucha imaginación para confirmar que hay por lo menos una vieja taberna que podría llamarse la posada del Almirante Benbow. La taberna donde Jim Hawkins limpiaba mesas sin saber que vivía no más que los primeros párrafos de una novela de piratas que habría de llevarlo a las más lejanas playas, colores pastel, palmeras que languidecen sobre el lienzo y se diluyen en el agua de los ojos de quien las contempla. Telas extendidas por donde un horizonte íntimo es una raya azul que atrapa la vista de una mujer desnuda recostada sobre un diván.

A lo lejos, vuela un avión que no tiene más simbolismo que la dulzura de su forma, un caramelo informe en medio del otro azul, el de los cielos que contrastan con todos los colores de las flores que pinta Joy en jarrones inmóviles. Son paisajes donde una conclusión psicoanalítica y necia podría argumentar que estamos ante la clonación constante de un solo autorretrato, como si solo fuera Joy la que se pinta a sí misma, cuando en realidad estamos ante un simple juego de palabras: cada cuadro que pinta esta dama que pinta sueños infunde no más que joy, que no necesariamente es sinónimo de happiness. No es el júbilo vano de la euforia ni la elación irracional de la ebriedad, sino una serena alegría, que habla en voz baja y se queda en la memoria como canción de cuna. Es la encarnación de saudade, esa feliz tristeza o dulce melancolía de quien habla con el vacío, habita el tiempo y se queda sonriente, de pie ante el lienzo que una vez más ha de poblarse de palmeras en medio de un plano vacío; mejor aún, es la encarnación de diversas mujeres, todas una, esa que sabe –como toda mujer– que hay un instante en su vida en que es nada menos que la mujer más bella del mundo, así esté sola contemplando la inmensidad de una habitación o el minúsculo paisaje de un reino que fue suyo. Es la mujer que abre los brazos en la portada de una novela de Ibargüengoitia y la musa que provoca que oscile cualquier espectador frente a su majestad, porque son cuadros de música, pintura de partitura íntima e improvisación colectiva donde cada quien que lo mire canta el son o escucha la sinfonía que prefiera. Es la mujer que se queda en silencio y el murmullo de todas las palabras que alguien susurró en la madrugada... Ciento doce piezas, óleos, acrílicos, pasteles y esa mujer de bronce que se puede quedar absorta mirando ya para siempre la enciclopedia de un muro vacío. Son una muestra del inmenso universo de Joy, la mujer que sonríe con la mirada y recita de memoria las rimas de su infancia, de un ayer entero que se ha quedado tatuado en su piel. Una muestra que de lejos parece azul, como la belleza que transpira verla de pie frente al caballete, o escuchar en voz alta las sílabas de su apellido, la H. de su nombre, como enigma que precede a Joy como para provocar que todas las iniciales de un alfabeto público se inclinen ante el imperio indoblegable del arte que lleva en la mirada la mujer que pinta sueños.
LETRAS LIBRES 



Una promesa de felicidad de Joy Laville. Conaculta, 2014

Las piezas que integran este libro provienen, más que de una selección con un discurso racional, de un mosaico de estados anímicos de una artista que pinta diariamente alrededor de ocho horas.
“Es una mujer avocada a su trabajo, cuyo universo es el color, así como las sensaciones, la delicadeza y el sueño”, comenta Ortiz Monasterio. Al observar sus piezas se encuentran paisajes iluminados, habitaciones con flores y parejas en toques pastel.
El poeta Alberto Blanco propuso realizar este ejemplar, por lo que es él quien realiza el texto introductorio sobre la obra de la pintora inglesa.